lunes, 2 de junio de 2014

CRÓNICA DE JOSE EL BURGALES

Que se realicen dos KDDs en dos fines de semana seguidos tiene, como todo, sus cosas buenas y malas. Entre las malas está el pasar dos fines de semana seguidos fuera de casa, con lo que ello implica, el que cuando no has terminado de recuperarte del cansancio de una ya estás preparando la marcha a otra, el que los frescos recuerdos de la vivida se empañan con los nuevos pensamientos sobre la que está por vivir…pero, para los que nos gustan estos encuentros, al final prevalecen las cosas buenas sobre las malas; una nueva aventura por disfrutar, reencuentro con muchos amigos, a algunos de los cuales hace tiempo que no veo, nuevos kilómetros que recorrer con nuestras herramientas de dos ruedas... Hasta resulta que me encuentro haciendo el equipaje de manera casi mecánica pues hace apenas siete días que lo he hecho otra vez, entonces, con motivo de mi desplazamiento a tierras gallegas aprovechando el puente del 1 de Mayo.

Confiado por esta seguridad que te da el repetir algo que has hecho hace poco, me relajo hasta que me doy cuenta de que los minutos están transcurriendo como si fueran segundos… ¿Ya son las cinco de la tarde?. Menos mal que he quedado a las seis y media con Aitor y en mi casa porque de otro modo iría muy pillado.

Preparo las bicicletas, si, las dos, porque teniendo sitio en el coche y la intención de hacer ruta los dos días, evito que los planes se me trunquen por una avería mecánica que no pueda resolverse sobre la marcha. Por otro lado, puede ser otro el que tenga la avería y si le vale una talla S puedo solucionarle la papeleta y, lo mejor que puede ocurrir, es que no la tenga ni que sacar del coche, claro indicativo de que no habrá habido averías gordas.

 Con estos pensamientos rondándome por la cabeza termino de situar las bicis y el resto del equipaje en el coche, apareciendo en ese momento Aitor que de forma puntual llega a la cita procedente de Aretxabaleta. Casi al mismo tiempo llegan también Víctor, Oscar “el duro” y Edu, aunque estos no llegan de tan lejos al ser del mismo Burgos.

Emprendemos viaje a Ávila. Los kilómetros van pasando casi sin enterarnos, quizás por la animada charla que llevo con Aitor, abordando varios temas que no son ni el futbol, ni la política, ni tan siquiera las mujeres…. ¿seremos bichos raros?. En su lugar hablamos de viajes, rutas, remedios contra los mosquitos, personas que conocemos en común y, por supuesto, de la KDD a la que acudimos, especialmente significativa para mi al ser la primera a la que fui allá en el 2.010, siendo éste, por tanto, el quinto año consecutivo que voy. En particular, le comento que la ruta que haremos es como la que se hizo en el 2.012, de la que guardo un magnífico recuerdo al ser una de esas veces que te sale bien todo lo que intentas y hasta lo que no intentas.

Pasadas las nueve de la tarde entramos en Ávila y, tras una ligera equivocación en una calle, llegamos al hostal “El Pinar” donde pernoctaríamos esa noche y la siguiente. Ya nos están esperando Carlos y “el Rubio” que, tras los saludos en forma de abrazo, nos ayudan a situar las bicis a buen recaudo.

Dejamos el equipaje en la habitación y bajamos rápido para degustar una cerveza con nuestros anfitriones abulenses, Alex, Miguel, César y los antes dichos. Un poco más tarde, ya sentados a cenar, apareció también Gonza, a quien casi no reconozco con la barba de días que se había dejado.

Entre anécdotas principalmente contadas por Alex, que tiene un talento especial para ello, y las risas de todos, damos cuenta de la cena rematándola con el correspondiente postre. Algunos, siguiendo indicaciones del “señor vasco”, que es como había renombrado la amable colombiana que nos servía a Aitor, nos decidimos a probar una cuajada con miel y un chorro de brandi. Realmente recomendable, por cierto.

No podía faltar esa copa que nos adormece la mente, a la par que nos despierta la lengua, y a la que no siguió otra, no por falta de ganas, sino por la necesidad de descansar para la ruta del día siguiente.

Con razón nos decían que el hostal estaba al completo debido a unas oposiciones para policía nacional, caramba, casi no se cabía en la cafetería y hasta me daba miedo pedir al camarero que empezaba a dar muestras de cierto estrés. Es lo que tiene coincidir todos a la misma hora y por nuestra parte, además, iban llegando los que se incorporaban en ese momento a la aventura, Jesús que llegaba desde Burgos y un poco después los de Serradilla, Javi, Álvaro y la última incorporación, Daniel, con los que había coincidido el fin de semana anterior….. y oye, todos con ganas de desayunar.
En ordenada caravana de vehículos llegamos o, mejor dicho, bajamos a Herrandón de Pinares, lugar de comienzo de la ruta donde ya nos están esperando los de Valladolid y los de Lerma a los que, por lo que me dicen, se les ha ido la mano con lo de madrugar, supongo que por el ansia de rodar por estas tierras.
Una vez preparados y entre saludos, posamos para la foto de grupo en el puente del pueblo. Que majos estamos todos…. por supuesto, destaca Soraya al ser la única chica del grupo, lo que ya no nos llama mucho la atención porque se ha convertido en “uno más”. Hay una foto igual de hace dos años, la tengo que buscar.

Salimos tranquilamente del pueblo y, al poco, empezamos a ascender la primera de las tres subidas de que consta la ruta. No tardamos en sustituir la charla por la concentración necesaria para poder mantenernos sobre la bici en un sendero con abundantes piedras sueltas y quietas, grandes y pequeñas, aliñado con gravilla fina, resultado de la erosión de las anteriores, y con toques de zonas húmedas donde probar ese agarre que nos aseguran en la publicidad de venta de los neumáticos que llevamos y que, a veces, no es tal.

El calor añade dureza extra a la de por si exigente subida. Cruzamos un arroyo esperándonos en la otra orilla un tramo tan corto como pronunciado y resbaladizo que no se si alguien fue capaz de superar montado. Morales aseguraba que si el terreno agarrase un poco más seguro que lo conseguía.

 Está desmelenado Morales con su stumjumper de 29 a la que hemos dado el nombre de “batmancleta” por si inconfundible color negro… único. Bueno, también la llaman “la cucaracha”.

Este arroyo debe actuar como frontera desapareciendo a partir del mismo la dificultad antes descrita, al tiempo que aumenta la pendiente de la subida…. “gallinas que entran por las que salen….” Ya nos queda poco para alcanzar la deseada cima y decidimos parar a reagrupar y descansar sentados en la hierba mientras disfrutamos del espectáculo de un montón de variopintas vespas que ruedan por la carreta frente a nosotros.

 Por lo que nos dicen hay una concentración de este tipo de motocicletas. Empezamos a saludar a sus conductores y acompañantes y, comprobando la reciprocidad del saludo, nos venimos arriba con los típicos “aupa” y cosas por el estilo, más por nuestra propia convicción que por lo que ellos pudieran oir dado el ruido que hacían y los cascos que llevaban, pero bueno, el ambiente estaba conseguido.

De manera más agrupada realizamos la última parte de esta subida que ya empezaba a darnos un poco de tregua en cuanto a dureza, o quizás es la sensación que tenemos al ver que ya se termina…. Tras descansar un poco, colocarnos las protecciones, echar la “meadita” de rigor y un buen trago de agua, empezamos a rodar con velocidad gracias a esa maravilla que llaman pendiente negativa, descenso o, en definitiva para nosotros, la primera bajada del día.

No habíamos entrado en calor cuando nos vemos obligados a parar al toparnos con “el Rubio” que se encuentra parado en medio del sendero al haber pinchado. Le ofrezco rápidamente una cámara de repuesto y al abrir la mochila compruebo que no la llevo, algo se me tenía que olvidar, claro. Sin poder hacer mucho más y viendo que hay otros compañeros que ya le están ofreciendo cámaras, reemprendo la marcha junto con Loren tras la mayoría del grupo que ruedan ya a cierta distancia.

Animado por Loren, que me dice que está grabando y soy yo el protagonista, empezamos a coger buen ritmo de bajada, de esos en los que vas concentrado y notando que, en algún momento, estás rozando ese límite entre la verticalidad, de la que estás disfrutando, y la horizontalidad que supone el guantazo lo que, curiosamente, te da una gran satisfacción. Atravesamos una zona de piedras grandes, como no, dispuestas como anárquicos escalones, notando como van trabajando las suspensiones al rodar y, a veces, aterrizar tras haber volado por encima de ellos. Llegamos a una temible losa que, afortunadamente, está seca permitiéndonos rodar por ella confiados y después de unos pocos metros más, frenamos ante los compañeros que se encuentran ya parados, todos con la sonrisa de satisfacción que refleja el disfrute alcanzado en los minutos anteriores.

Descansamos un buen rato mientras van llegando el resto de compañeros y, por fin, el Rubio que según nos cuenta ha vuelto a tener otro pinchazo. Reanudamos la bajada que ahora se convierte en pista, luego sendero, muy rápido, pequeñas trialeras que, a modo de trampas, nos recuerdan que no ha lugar a la relajación, llegando al término de esta estupenda bajada alcanzando al poco el pueblo del que hemos salido.

Tras realizar, algunos, unas pequeñas reparaciones y rellenar, todos, nuestras bolsas de la necesaria agua, especialmente con el calor que nos acompaña, iniciamos la segunda parte de la ruta de manera agrupada aunque pronto comienza la subida que rompe esta agrupación en bloque para pasar a convertirse en una columna de “a uno” moviéndose lentamente en su ascenso por un sendero que se transforma en una especie de serpenteante calzada romana donde el suelo está formado por… ¿piedras?, esta vez en su mayoría fijadas al terreno pero no niveladas, obligándote a esforzarte en cada una de ellas para continuar la ascensión.

El calor es fuerte y este tramo supongo que nos está pasando factura a todos, o a casi todos. Estoy consiguiendo mantenerme montado dando pedales lo que me da ánimos para seguir pedaleando desechando la idea de echar pie a tierra. Termina el tramo de piedras pero la pendiente no se reduce, diría que incluso aumenta, o, al menos, eso me parece.

 No puedo seguir el ritmo de Víctor, mi referencia más próxima, y me adelanta Morales que junto con él empieza a sacarme metros mientras a lo lejos veo a otros compañeros actuando de vanguardia de este singular ejército con armas de dos ruedas. No veo a nadie tras de mi. Sufro ese momento de falsa soledad que se produce al quedarte descolgado de los que van delante y no ser alcanzado por los que van detrás. Me concentro en dar pedales. Menudo calor. Giro la cabeza y ya empiezo a ver compañeros que se incorporan a lo que parece el último tramo de la subida.

 Me alegro, la soledad desaparece. Fin de subida. Adopto la posición en la que se encuentran los compañeros que ya han llegado, culo en tierra y piernas estiradas. Al cabo de un rato aparece Mili, de Lerma, es el último en llegar pero probablemente el que más mérito tiene, pues superar lo que llevamos de ruta con el tamaño de cuerpo que tiene este hombre no es fácil.

 Entre resoplidos me dice que lamenta haber tardado tanto…. “Vamos hombre no hay nada que lamentar porque no tenemos prisa” creo que le contesto, y es que, precisamente, la filosofía de estas quedadas es compartir unas rutas entre amigos, sin prisas, cada uno al ritmo que se marque y reagrupando cuando el grupo se ha desperdigado, todo ello dentro de que se plantean rutas endureras y, por tanto, es de suponer un cierto nivel para acometerlas. Nivel que desde luego este hombre tiene.

 Además, el hecho de que se realicen en diferentes localidades hace que para asistir a ellas, en algunos casos nos quedemos a dormir con lo que no solo se comparten momentos encima de la bici sino también una vez desmontados de ella. La logística así como el trazado de la ruta es una labor de la que se encargan los anfitriones y que, me consta, supone un admirable esfuerzo, al menos para mi.

Continuamos llaneando, incluso por un pequeño tramo de carretera, y alcanzamos el punto de inicio de la segunda bajada, la del rio. Aviso a los de Lerma que no conocen esta bajada que es larga y en varias ocasiones hay que dar pedales por lo que se convierte en un tramo físicamente muy duro y técnicamente tiene su punto… Mi mirada se detiene en Luisma, uno de estos de Lerma, cuya expresión me recuerda la de los niños que van al parque de atracciones y están con esa permanente cara sonriente y ojos abiertos que no quieren perderse ni el más mínimo detalle del entorno que los rodea.

Empezamos la bajada buscando ese hueco donde creemos que debemos estar, alentando a los que consideramos más rápidos para que se sitúen delante nuestro y, a nuestra vez, colocándonos delante de los que creemos que pueden bajar más despacio.
Ante nosotros aparece un sendero con pronunciada pendiente hacia abajo y muy seco, lo que propicia una buena nube de polvo en los puntos de frenada. En un acto reflejo consigo cambiar de trazada para sortear una piedra que, asustada por la batmancleta de Morales, se ha puesto a rodar delante mio.

Creo que estamos rodando muy rápido teniendo en cuenta lo largo y sinuoso de la bajada y, de repente, nos detenemos todos con brusquedad. Desmontamos de las bicis y compruebo la causa del parón. Paquito se ha dado un guantazo que parece de los buenos. Se le ve una brecha en el mentón y se queja de la pierna.

 Tras fallidos intentos de colocarle una venda y unos puntos adhesivos, que no hay manera de adherir, decide que va a continuar la bajada. Parece que ya apenas brota sangre y aunque se queja de la pierna cree que puede hacerlo. El resto del grupo del Bike Racing Valladolid decide bajar escoltando a su líder por si surge algún problema.

Reanudo la marcha con el pensamiento de la mala suerte de Paquito con esta bajada ya que justo hace dos años tuvo también una caída nada más comenzar la misma que le obligó a retirarse de la ruta. En este caso ha hecho unos doscientos metros más…. es un progreso.

 Estas cosas, a veces, pasan. Me concentro en el sendero y voy adelantando a los compañeros que nos habían superado durante la asistencia a Paquito. Ruedo muy a gusto y llego a un punto en el que veo parados a Pablo y Víctor. Hay un árbol caído y supongo que el motivo de la parada es sortearle pie a tierra pues aunque no está en el suelo creo que no hay altura para pasar por debajo.

 Me detengo y veo a Víctor contemplando su casco al tiempo que me lo enseña diciéndome que lo acaba de partir al chocar contra el árbol. Parece que Víctor ha querido despejar las dudas de si se cabe o no con una prueba empírica. Me preocupa la deformación profesional de este chico aunque comprendo que ser ingeniero con un trabajo, en parte, de investigación puede requerir a veces de comprobaciones que aseguren la absoluta certeza sobre algo. Lo importante es que se encuentra algo aturdido pero bien.

Vaya bajadita llevamos… No hemos llegado a realizar el primer tercio de la misma y dos compañeros, que además resultan ser magníficos bajadores, ya se han dado el piñazo….

Reanudamos la marcha situándome a la cabeza del pequeño grupo que nos hemos juntado al lado del árbol caído. Procuro coger ritmo que además se hace necesario para pasar por algunos puntos. Noto que falta algo…. Si, he dejado de escuchar el sonido de la bici que rodaba tras de mi, creo que era Pablo Briones.

 Paro y me vuelvo pero no veo a nadie. Hablo en voz alta conmigo mismo expresando el deseo de que no se hayan producido más caídas. Dudo sobre volver o continuar. No se exactamente cuando lo he dejado de oir y finalmente decido proseguir ya que en el grupo había varios compañeros y en caso de necesidad unos asistirán a otros.

Veo a Alex y a Carlos con sus cámaras preparadas para fotografiarnos al paso por una zona de ¿piedras?... Me animan a que salte pero… casi que no.
 Prosigo la bajada y llego al camino donde termina y encuentro a Gonza esperando. Estoy agotado. Al rato comienza a llegar la gente. Sus caras de cansancio y sus brazos y piernas con rasguños sangrantes por las espinas de las zarzas lo dicen todo.

 Ha sido una bajada dura y llena de percances por los que he visto y los que me cuentan. Con tan solo un ligero rasguño pienso que he tenido bastante suerte a la que sin duda habrá ayudado la labor de defensa realizada por las coderas y rodilleras que cada vez se ven más en este tipo de rutas.

Aparece Paquito junto con su cuadrilla con cara de circunstancias. Reagrupamos un poco y empezamos a dirigirnos al pueblo que lo tenemos a pocos metros de distancia. Falta gente, hecho de menos a Oscar “el duro”. me paro y pregunto por él. Alguien me dice que viene andando porque ha dejado la rueda delantera hecha un ocho en una ¿piedra?.

 Al poco le veo llegar confirmando lo que me habían dicho. Ya en el pueblo las mesas en la plaza están dispuestas y llenas de alimentos con los que reponer las fuerzas que hemos dejado durante la mañana en estas tierras abulenses.
Paquito, sin probar bocado ni decir nada, se dirige a su coche y rápidamente se cambia y prepara para marchar. Le ofrezco un paracetamol o un antiinflamatorio de los que llevo pero lo rechaza. Soraya insiste en acompañarle pero se lo niega con pocas palabras. Tiene prisa en llegar a Valladolid y dirigirse a un centro médico donde puedan remendarle el mentón y comprobar si el golpe tiene más alcance.

 Es triste ver a un compañero de ruta abandonando contra su inicial voluntad…. Espero que al menos el golpe no sea más de lo que vemos. Comemos tranquilamente y al terminar la gente adopta posturas de descanso sin que nadie haga ni siquiera mención de reemprender la marcha.
 Varios se van decantando por no continuar. La mayoría por cansancio, Víctor prefiere dejarlo también no sea que el golpe en la cabeza le de alguna sorpresa. Oscar “el duro” con esa rueda tampoco puede continuar….

Me pongo la mochila a ver si alguien se anima pero mi gesto es mirado casi con indiferencia. Me la quito y decido irme al bar y acompañar a los que allí se encuentran tomando un café.

Debían ser las cinco de la tarde o puede que algo más cuando ya Carlos empieza a animar a la gente para moverse y realizar el último bucle de la ruta.
Reemprendemos la marcha con numerosas bajas. De 5 de Burgos nos hemos quedado dos. De los 4 de Lerma se han quedado dos. También los de Valladolid han tenido bajas en sus filas y hasta los de Ávila.

Comenzamos la última ascensión del día aunque no por ello iba a resultar fácil. Al poco del comienzo afrontamos un tramo que apenas está marcado, con mucha pendiente y curvas tan cerradas que prácticamente hay que parar del todo la bici para trazarlas y luego apretar hasta los dientes para coger la inercia necesario y conseguir subir otro pequeño tramo.
 Llegamos a un sendero en el que encontramos los restos de lo que en su momento sería el esqueleto de una vaca. Aprovechamos para sacarnos unas divertidas fotos con el cráneo del mamífero encima de nuestro casco.

Proseguimos hasta un punto en el que es necesario echar bici al hombro para ascender unas zetas. Una vez superadas ya podemos ver el final de la subida así como el trabajo que nos falta realizar para llegar.
Ascendemos por un estrecho sendero con piedras que hacen las veces de escalones mellando nuestras ya escasas fuerzas en esos momentos. Zonas blandas donde se hunde la rueda exigiendo un pedaleo rápido para poder atravesarlas seguidas de zona de piedra, un tanto suelta, están convirtiendo nuestro sudor en una fina fuente de agua que se desliza por nuestro cuerpo.

 Alcanzamos ya un camino que nos permite rodar con facilidad y terminamos la subida al lado de una imponente verja que, a juzgar por el tamaño de los tubos metálicos, se podría decir que dentro guardan rinocerontes.
Cuando creo que el trabajo está hecho y que puedo relajarme comenzamos a rodar por un sendero de los que llamamos falso llano con continuas trampas de piedras que impiden relajación alguna de mente y musculatura. No obstante, me resulta muy divertida, de hecho creo que el conjunto de la subida me ha gustado mucho y llego a la conclusión de que estos tramos que te hacen pelear cada metro me producen una gran satisfacción.

 Una vez superados, claro. Paramos a reagrupar. A unos 400 metros se ve la estación de trenes de Navalgrande. Recuerdo que la bajada se iniciaba en esa estación pero Alex, señalándome un cercado, me explica que no merece la pena bordear todo el cercado para bajar, de manera que el descenso comienza en este mismo punto.

 Le pregunto que, siendo así, ¿porque antes bajábamos a la estación? Y me explica que este tramo hasta conectar con el que llega de la estación está muy roto por la paso de las motos de enduro con alguna zona peligrosa. Teniendo en cuenta de quien vienen estas palabras sin preguntar más reviso los ajustes de mis protecciones.

Comienza la bajada con “el Rubio” a la cabeza empezando a formarse una niebla con el polvo que levantamos a nuestro paso. Freno al tiempo que veo la bici del rubio por un lado sin conseguir verle a él. Una caída sin importancia que creo le pone aún más las pilas a este elemento que reanuda la bajada… hasta con más ganas.

Casi me salgo en una curva de manera que no entro bien en la siguiente y ahora si, me salgo… me incorporo al sendero tras del chico de la enduro de 29, creo que se llama Víctor. Está metiendo un ritmo bastante rápido, por detrás de mi veo que es Goffi quien viene.
Curvas rápidas con piedras, pasos no aptos para bicis rígidas. Noto el cansancio y los antebrazos empiezo a notarles duros. Decido aflojar el ritmo, no me merece la pena. Le invito a Goffi a que me adelante pero me contesta que va bien detrás mio.

 Disfruto en un paso trialero al haber conseguido entrar por la trazada buena. Otro tramo rápido sobre losas de piedra con algunos huecos que las suspensiones se encargan de suavizar. Tramo final con bastante pendiente en cuyo inicio hay un conjunto rocoso que invita a utilizarlo como rampa de despegue pero, me faltan fuerzas.
 Oigo que Goffi sí lo ha aprovechado por su exclamación de gozo. Me alegro.

 Paramos las bicis al tiempo que chocamos nuestras enguantadas manos con las de los compañeros que han llegado antes que nosotros. Una vez reagrupados y hasta reparados los pinchazos descubiertos por un par de compañeros, proseguimos camino rodando con tranquilidad y sabiendo que ya no habrá más bajadas, o si…

El sendero por el que rodamos desciende bruscamente a media ladera. No es un tramo largo pero lo aprovechamos cual último bocado de una sabrosa comida y nos quedaba el postre.
Nuevamente reagrupamos y comenzamos a rodar por la vereda de un riachuelo con sus pasos estrechos, algún pequeño repecho y, por supuesto, unas cuantas piedras….. Alex pone un ritmo como si nos quisiera perder de vista…. No se que le hemos podido hacer.

 Recuerdo cuando le pise las gafas en la KDD de Navacerrada… Si, es posible que esa herida todavía no haya cicatrizado del todo y eso que fue sin querer…
Jadeantes llegamos al fin de esta vereda donde unos últimos metros por carretera nos conducen al pueblo.

Nos despedirnos de quienes no se quedan para el día siguiente, es decir, de la mayoría, y regresamos al hostal donde nos asearnos con rapidez y pasamos a degustar una buena jarra de cerveza compartiendo las anécdotas del día. En el restaurante nos habían preparado una buena cena disponiendo además del comedor y casi del conjunto del establecimiento para nosotros solos. Tanto es así que, según me dijeron al día siguiente los que habían tardado más en acostarse, les habían ofrecido la llave del establecimiento para que cerrasen…

 Claro, tanto postre y tanto turrón necesita de mucho liquido potente para hacer bien la digestión.

Todavía atontado por lo poco que había dormido bajo a desayunar descubriendo que hace un día despejado, quizás, algo más fresco que el anterior, aparte de eso parece que mi cuerpo recuerda bien la dureza de la ruta del día anterior.
Llegamos a Riofrio, pueblo del que partía la ruta de este día. Tardamos en iniciar la andadura, parece que no tenemos especial prisa en empezar a movernos pero a ritmo tranquilo nos ponemos en marcha.

Pasamos por un punto en el que se ve una gran losa inclinada y Carlos nos dice que bajaremos por ella al término de la bajada que vamos a realizar. Rodando por un camino que cada vez va adquiriendo más pendiente.

 La fatiga del día anterior se nota y el pequeño grupo que somos esta vez comienza a alargarse ascendiendo cada uno al ritmo que su cuerpo le permite. Al cabo de un buen rato de ascensión alcanzamos el objetivo deseado y aprovechamos y hacernos unas fotos.

 Alguien me dice que si no hemos visto una serpiente bajo una piedra…. Pues no, ni me he fijado, harto tenía con ver el camino delante a través de unos ojos escocidos por el sudor que resbalaba por mi cabeza.

Rodamos un breve rato hasta internarnos en un sendero que termina sin que se vea continuación. Alex y Carlos nos van dirigiendo por el campo sin verse ningún sendero ni camino ¿nos habremos perdido?.
 Dudan en algún punto pero seguimos avanzando y nos paramos. Según parece aquí empieza la bajada aunque solo se ve una estrecha, senda posiblemente frecuentada por animales, entre arbustos.

Pregunto a Carlos si la bajada es muy potente y me responde que no, lo normal. Me alegro porque no tengo yo el cuerpo ni la mente para muchos tinglados.

Se dispone el orden de bajada, Rubio, Javi H, yo mismo, Goffi, no veo quien va detrás de Goffi porque iniciamos el descenso por esta senda que rápidamente comienza a tener pendiente favorable. La cosa empieza a complicarse por pasos estrechos con regueros, esculpidos por el agua y por fin hacen su presencia las queridas piedras abulenses escondidas tras curvas cerradas sin apenas visibilidad debido a los crecidos matorrales.

 Los pasos me resultan complicados y pierdo de vista a Javi H. Intento recuperar ritmo pero la bajada se ha convertido en un curveante sendero en el que van surgiendo pequeñas trialeras que se encargan de dar los sustos cual visita a la casa de los horrores en un parque de atracciones.
 Le voy cogiendo el truco. Empiezo a gozarrrr. Goffi me sigue, aparece una bifurcación, dudo pero parece que acierto con el camino correcto. La pendiente me permite contemplar fugazmente un precioso paisaje. Llega otra bifurcación elijo pero esta vez no acierto y me encuentro ante unas losas que requieren pie a tierra.

 Goffi está detrás de mi pero veo como Carlos, seguido por Aitor y Loren, han cogido el sendero correcto un poco más arriba. Contactamos con ellos y continuamos bajando hasta el punto donde ya se encuentran “El Rubio” y Javi H.
Juzgamos la bajada llegando al unánime veredicto de considerarla la mejor del fin de semana en cuanto a singularidad.
Tras un rato de espera aparece Eduardo y, un poco después, Jesús. A juzgar por el aspecto parece que Eduardo ha recibido algo más que un susto de alguna de las trialeras, de hecho, se queja de dolor pero eso si, con buena cara…. Terminamos la pequeña parte que nos queda de bajada rodando por medio de un riachuelo y tirándonos por la losa de piedra que Carlos nos indicara hace un rato.

Llegamos al pueblo donde Navarro, artífice de los avituallamientos, ya nos tenía preparada una mesita en el soportal de una casa. Comemos despacio y me doy cuenta que despertamos curiosas miradas en los vecinos que se cruzan con nosotros procedentes de la iglesia. Supongo que no somos una estampa con la que habitualmente se encuentren.

Nos sentamos de nuevo sobre nuestras bicis y afrontamos la última subida del fin de semana por un camino que casi se pierde para volver a emerger unos metros más arriba con un tramo de piedra suelta ante el que me planteo claudicar.

 Alcanzamos la carretera y continuamos el ascenso por ella al carecer de las fuerzas necesarias para hacerlo por un complicado sendero que nos indican Alex y Carlos.
Aclaradas las dudas respecto del punto de inicio de la bajada, empezamos a rodar siguiendo un alocado ritmo que está metiendo “el Rubio” y al que sorprendentemente estamos respondiendo al menos Goffi y yo, puede que alguno más pero no me puedo permitir el lujo de mirar hacia atrás.

 Veo a Goffi que casi va al suelo en una curva y yo mismo noto que derrapo con las dos ruedas para conseguir mantener el trazado de la curva.
Breve parada para reponer fuerzas y reagrupar y continuamos. Esta vez no se que pasa pero en segundos dejamos de ver al “Rubio” y nos vemos metidos en un campo de pasto con vacas mirándonos con cierto interés.

Llegan otros compañeros y llegamos a la fácil conclusión de habernos equivocado en algún punto haciéndose preciso encontrar una salida que no requiera el esfuerzo de volver a ascender por donde hemos bajado. Encontramos un paso que consideramos ciclable y nos decidimos a tomarlo.

Alcanzamos un camino que nos acerca al pueblo donde ya se encuentran El Rubio, Carlos, Alex y creo que César. Echamos en falta a Jesús pero no tarda en aparecer. Regresamos a Ávila.

 Nos aseamos en unas habitaciones de cortesía y en la gasolinera que gestiona el Hostal nos facilitan el acceso a una nave donde dejamos el vehículo cargado con las bicicletas y el equipaje listo para emprender viaje pues los amigos de lo ajeno no aconsejan acercar el coche al restaurante también dirigido por la amable colombiana que nos ha atendido en las cenas de las pasadas noches.

Comemos y nos despedimos de nuestros magníficos anfitriones manifestando nuestro mutuo deseo de volver a vernos. “El Rubio” se encarga de acercarnos en esta ocasión a Aitor y a mi a recoger mi coche. En este breve trayecto elogiamos una vez más la primera bajada realizada en esta mañana.

 “El Rubio” nos dice “la gente se cree que las bajadas del Domingo son una pachanga… pero de eso nada” .

Los kilómetros van pasando despacio. Aitor se ha quedado dormido. Entre el murmullo del motor, el sonido de fondo de la radio y el silencio de mis pensamientos conduzco de vuelta a casa.

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